La Masía Trabal: Un proyecto en familia

Fotografía @studioadjetivo

Esta es la historia de una familia que por sus propios medios decidió construir su propio hogar. Lo que antes era un granero ahora se ha convertido en un lugar de unión familiar. Un proyecto pensado para compartir.

Hace cuatro generaciones que la familia llegó a la masía, situada en un pueblo de Cataluña. En sus inicios, la primera generación dejó su lugar de residencia en Barcelona para buscar un lugar cerca de la montaña donde poder mejorar su calidad de vida. Su hijo estaba enfermo y los médicos les recomendaron irse a pasar un tiempo a la montaña debido a su enfermedad. Actualmente, los dos hermanos Luis y Mariona y sus respectivas familias comparten este maravilloso espacio.

La masía, como toda masía tradicional catalana, contaba con un granero. Este, con el paso de los años, había perdido su utilidad y se había convertido en un espacio deteriorado y medio en ruinas.

Durante años y de forma paralela, Bru y Ona, los hijos de Luis, y Mariona y su hija Mar, habían soñado con dar una segunda vida a ese lugar. Sabían que había un gran potencial en ese espacio de techos altos y grandes arcos. Parecía el lugar perfecto para crear una segunda vivienda y para que así cada familia pudiera disfrutar de su intimidad. Varias personas les habían presentado proyectos, pero eran económicamente inaccesibles para su situación.

Finalmente, el año 2021, algo ocurrió y los astros se alinearon. Era el momento de dar vida a ese espacio desaprovechado. En la época del Covid-19, la necesidad de crear viviendas que favorecieran la salud mental ganó importancia y significó un antes y un después en la arquitectura.

Por un lado, Mariona decidió pasar el confinamiento en la masia. Durante esos meses confinada en ese oasis entendió que allí era donde quería instalarse hasta el final de sus días. Pero la masia contaba con muchas escaleras y sabía que eso, a la larga, supondría un problema. Así que tomó la decisión de habilitar el granero en vivienda y construir su lugar soñado.

Por otro lado, Ona acababa de volver de un viaje cooperativo en Atenas y quería alejarse de la ciudad. Un amigo suyo le contó que en su país natal, México, había conocido a varias personas que se habían construido su casa por sus propios medios y conocimientos. Ona entendió que su idea de convertir el granero en una vivienda a través de un trabajo cooperativo y familiar y con un bajo presupuesto era posible. Solo hacía falta paciencia y tener la mente abierta.

Así que ambas, Mariona y Ona, y con la principal ayuda de Bru y Mar, decidieron hacerlo. Mariona, con 70 años y profesora, contaba con más recursos económicos y con más experiencia en la vida. Ona, con 32 años e ilustradora, era una persona creativa que siempre había sentido una gran curiosidad por la arquitectura. Y Bru, con 30 años, había centrado su vida en el activismo y en promover un estilo de vida sostenible.

Entonces les surgió la primera pregunta: ¿Por dónde empezamos?

Primero necesitaban un proyecto de obra. Optaron por generar un espacio diáfano, con ausencia de paredes para aprovechar al máximo la luz natural. Una característica habitual de las masías catalanas es que suelen estar orientadas al sol y este caso no es una excepción. El resto de decisiones se tomaron buscando crear un aire discreto y moderno respetando la esencia de la masia.

Una vez el proyecto de obra estaba claro, tocaba ponerse a trabajar.

Una de las principales urgencias era el aislamiento, pues allí el verano era caluroso y el invierno muy frío. No sabían si hacer el aislamiento interior o exterior. Al final, se decantaron por la opción más estética, manteniendo el aislamiento interior para así conservar los ladrillos en la pared exterior. Sin embargo, decidieron mantener algunas piezas en dosespacios, la cocina y el baño, para dar un toque más rústico.

Tanto el aislamiento del suelo como el de la pared lo pusieron ellos mismos. Buscaron entre todas las opciones y escogieron la que encontraron más sostenible: la lana de roca.

Cuando vaciaban el espacio vieron que en el piso superior había ladrillos que se podían reaprovechar, así que los usaron para el suelo de la cocina y el baño. Estudiaron diferentes formatos para la colocación de las piezas y al final optaron por la forma que había originalmente en la masía, la disposición en espiga.

En una pared de arriba encontraron unos números que también les despertaron curiosidad. En su época, esos números eran el registro que se utilizaba para recordar los días y meses de recogida de la paja.  El sentimiento por querer preservar aquellos elementos que narran la historia del lugar no podía fallar ahora. Así que decidieron calcar los números para volver a reproducirlos una vez pusieran las paredes de pladur que utilizarían para el aislamiento interno. A día de hoy, esta reproducción está pendiente de realizar.

Un dato curioso del proyecto fue la decisión de poner un baño seco. Tanto Ona como Bru, siguiendo su interés por un estilo de vida sostenible, habían visitado espacios autogestionados y se fijaron en que todos esos sitios tenían algo en común, el uso del baño seco. La principal característica de los baños secos es que funcionan sin agua y así se limita el derroche de ésta. Además, los restos se pueden reutilizar como compost. Se informaron detenidamente sobre este proceso y asistieron a un curso donde podían aprender paso a paso cómo crear su propio baño seco.

Tres años después, a pesar de que la obra ya está prácticamente acabada y lista para ser habitada, aún les quedan algunos detalles por terminar. Es un proyecto que han disfrutado haciendo y aún le dedican tiempo para que quede lo mejor posible. No hay prisa.

La mayor parte de la obra fue realizada por ellos mismos. Por ejemplo, la escalera fue diseñada y creada por Bru y Ona. El perfil perimetral, el pladur, los ventanales y la puerta de hierro fueron las únicas partes realizadas por especialistas contratados.

Exceptuando la cocina, que fue comprada, el resto de elementos fueron heredados, reutilizados o fueron regalos de amigos que formaron parte del proceso. Por ejemplo, la chimenea fue un regalo y la bastida fue prestada por un amigo.

Muchas amistades de ambas generaciones han colaborado en pequeños detalles o en grandes partes de construcción, creando así una red colaborativa que queda registrada en el resultado final y que le da un aire más simbólico y sentimental.

Queremos compatir la historia de esta masia porque proyectos así nos inspiran. Nos identificamos y empatizamos con las personas que sienten la necesidad de buscar nuevas alternativas más económicas y saludables. Nos mueven los proyectos que siguen una perspectiva arquitectónica donde el foco principal es la salud de la persona.

“La conciencia de que yo misma me estaba construyendo mi propia casa… creo que hay pocas cosas tan gratificantes como ésta.”

Mariona Trabal {feliz}

“Solo hacía falta tener la mente abierta; la mirada atenta a cosas que pudiéramos adaptar o reutilizar… sentir curiosidad.”

Ona Trabal {creativa}